Concepción Arroyo Martínez

Todos morimos tres veces:
- cuando morimos
- cuando regresamos a la madre tierra
- cuando ya no hay nadie más que nos recuerde.
Dicho popular de los aztecas
- La tradición del día de muertos, festividades y culto, tiene su origen, se cree, en el México prehispánico en el 1800 a.c.
- Cuando los españoles llegan a tierra azteca sus pobladores practicaban este ritual 3000 años antes.
- Trataron infructuosamente de erradicarlo.
- Las calaveras eran la representación de la muerte y la resurrección.
- Con ellas se honraba a las personas muertas.
- En vez de temerle a la muerte, los aztecas sabían acogerla y recibirla.
- Creían que la vida y la muerte era una sóla deidad, eran una y la misma.
A lo largo de la historia, cada cultura, de manera muy particular se ha visto en la necesidad de enfrentarse a la pérdida de la vida, para poder sobrevivir, y, más allá de las posturas filosóficas y la evolución que estas han tenido, los rituales de muerte han jugado un papel fundamental en la manera en que cada ser vivo y su sociedad enfrentan este evento inevitable de la vida misma. En todas las culturas existe la lucha entre la vida y la muerte.
Los sentimientos de abandono, culpa, miedo, enojo y dolor, se tratan así de resolver antes de que pueda reafirmarse en ese momento la prioridad de la vida sobre el hecho inminente de la muerte y la muerte misma que experimenta el vivo.
Dice Joseph Campbell que “el ritual es la participación grupal en el acto más odioso, que es el acto de la vida: matar, comer a otro ser viviente”... lo hacemos juntos. Cada ritual llevado a cabo, ya sea para acompañar o celebrar la muerte tiene que ver con la sabiduría profunda de cada pueblo: con su necesidad más íntima. Con la necesidad de recobrar el valor de la vida ante el recordatorio de “si, es verdad, sí se acaba” y a veces buscan aferrarse al muerto tanto como a la vida y que el muerto se aferre a ella, y si no al menos una vez al año se les irá a visitar para convivir con ellos.
Es tal la variedad de rituales fúnebres, que me limito aquí a explorar y exponer estos dos cercanos, que se vuelven uno en el “día de muertos”: el del México prehispánico y el de la iglesia católica española, este sincretismo fundamental del alma que caracteriza nuestro ritual más doloroso y festivo. Y al decir sincretismo del alma recurro a esta paradoja, ya que en el alma, entiendo, sólo pueden coexistir ambas, junto con la mezcla de símbolos utilizados para representar esa necesidad interna de llevar inmersos nuestros rituales aztecas ancestrales, más la imposición de los posteriormente asumidos propios de la iglesia Católica que traen los españoles.
Asi pues, nuestros velorios, velas, luz, ataúdes; plañideras llorando a cambio de unas monedas para que se haga una verdadera “tragedia” y que los demás se animen a soltar sus penas y se le llore al recién muerto, los rezos, las novenarias, el rosario, los misterios, el pésame, el lo siento mucho aunque no siento nada, la tragedia, las flores, el café, el luto, las condolencias, me conduelo: me uno a tu pérdida y a tu dolor, la inmensa familia que aparece, los intrusos, los morbosos, las amantes, los hijos inesperados del muerto y entre tanta algarabía el a veces ¿Y quién era el muerto? Porque hay que acompañar al amigo, al padrino o a la nuera, hay que ponerle piquete al café pá que la pena no duela y se distraiga el dolor que se siente por la pérdida del otro y por la propia pérdida.
La vida es colorida y ruidosa, la muerte es quieta, callada y obscura. Los rituales fúnebres reflejan tanto la negación como la aceptación de estos dos opuestos: llanto y festejo representan pues, una oportunidad más de adaptarse a la abrumadora pérdida o a la mexicana “tragedia”. Porque ahora entre el mexicano contemporáneo morirse es una tragedia y ya no un acto de la naturaleza y la familia tiene el mal de ojo o necesita una limpia entre tanta pérdida. Dios se los lleva, también nos deja, de él depende nuestra existencia, como de las Parcas en la antigua Grecia.
El ritual de muerte es un ritual de paso, la necesidad de establecer un periodo de separación, que lo sigue un periodo de transición y finalmente tanto en el vivo como en el muerto el paso a un nuevo estado del ser. Para el vivo es una crisis de conmoción. La transición inspira reunión y aceptación, y asi alrededor de la caja, todos se reunen, se funden en alma y rezos para ayudar al alma a que abandone el cuerpo con el cual se identificó y así no quede sujeta a la tierra y es el momento también en el que el muerto se desvanece y transita a un estado de no- existencia y de quietud, más allá de todo bien y de todo mal, tal vez hasta el Mictlán azteca o al reino de los cielos.
La muerte ha sido para el mexicano, amiga y enemiga o la “trágica amiga” con la que también corrobora el hecho de que vivir es sufrir. Los Aztecas no temblaban ante Mictlantecuhtli, su dios de la muerte, temían más a la incertidumbre de la vida, como lo muestra la lección que daban los padres aztecas a sus hijas pequeñas: “Aquí en este mundo hay lágrimas, amargura y fracaso. Un oscuro viento sopla sobre nosotros; no es un lugar de bienestar. No hay alegría ni felicidad...”
Tiempo después se sucede con la llegada de la iglesia Católica española que hay no sólo que temer a Dios sino que además sólo se hará su voluntad y hay que temerle a la muerte porque es un castigo del cielo y para aprender de Dios muchos morían en el camino, porque la letra con sangre entraba y porque el cielo ya no era uno si no se dividia en dos: a los pecadores abajo en el infierno y a los justos y limpios del corazón les toca el reino de los cielos, no sin antes todavía purgar su alma de culpas en un estadío anterior donde podían quedarse si no había para ellos un perdón y un arrepentimiento por sus actos.
Mictlantecuhtli no castigaba al muerto por los pecados de su vida en la tierra, sino que por el contrario lo liberaba de sus penas y asi, los muertos iban a un lugar determinado más por su manera de morir que por su manera de vivir y sin embargo decían: “dime como moriste y te diré como viviste”. Después del deceso, generalmente los ancianos vestían al muerto con papeles de amate o maguey. Le derramaban agua en la cabeza diciéndole: “esto es lo que gozaste en la vida”. Si su muerte estaba relacionada de alguna forma con el agua lo vestían como Tlaloc, Dios de la lluvia. Se les colocaba una jarra con agua para vencer los obstáculos que encontrara hasta llegar a su destino. Si habían sido personas importantes les colocaban en la boca una piedra verde llamada Chalchihuitl y si había sido común y corriente, le colocaban una piedra de menor valor. Generalmente incineraban el cadáver, el fuego de la cremación se atizaba al mismo tiempo que se entonaban canciones lúgubres, reducido el cuerpo a cenizas se depositaba en una olla de barro y la enterraban. También quemaban sus pertenencias y sus instrumentos de trabajo. El entierro se hacía en casa, en algún templo o en los montes .Se colocaban ofrendas de comida, bebidas y flores en ese lugar.
Las almas para llegar a su destino final tenían que pasar por diversos sitios que presentaban otras tantas dificultades, para vencerlas, les colocaban a los cadáveres diversos papeles, que les permitían vencer los obstáculos. Esos lugares de paso al mas allá eran: dos sierras que casi se juntan, una serpiente, una lagartija verde (algunos dicen que era un cocodrilo), ocho desiertos, ocho cerros, una zona de vientos helados que cortaban como navajas (por eso les quemaban sus ropas por si las necesitaban en esta parte) y por último cruzaban el río Chignahuapan con la ayuda de un perro.
Los guerreros alzaban vuelo alrededor del sol convertidos en colibríes, mariposas o estrellas; las mujeres que habían muerto de parto eran ellas mismas consideradas guerreras y tomaban la misma forma de los guerreros y ambos finalmente acompañaban a Quetzalcóatl en sus recorridos celestes;los que morían ahogados, fulminados por un rayo, de gota o hidropesía, iban al paraíso de la eterna primavera: El Tlalocan, paraíso de Tláloc, donde reinaba el verano eterno, dónde iban las almas de quienes su muerte de alguna forma se asociaba con el agua, como pulmonía, resfrios o por cualquier otro mal hídrico. Ahí disfrutaban eternamente nadando y consumiendo comidas exquisitas. Los niños, al árbol de la nodriza que goteaba leche para ellos y los demás iban a Mictlán con sus nueve mundos subterráneos y fríos. Los sacerdotes españoles para lograr la conversión de los pueblos prehispánicos compararon el Mictlan con el infierno.
La vida para el mexicano pre-hispánico era sólo un sueño en el camino de la muerte. No podía ser poseída, manipulada o retenida. La transmutación del alma era inminente y la vida empezaba en el más allá, la vida empezaba con la muerte.
Y así como todas las cosas se rompen, se desvanecen, se marchitan y después desaparecen, la impermanencia era también una visión ancestral de este lado del mar, la visión de la vida y su ser efímero se veían desde la misma perspectiva desde otra orilla.
La conquista sin embargo implanta un nuevo protocolo de rituales fúnebres, la llegada de cientos de frailes católicos extendidos por todo el país traen una cosmología en sólo ciertos aspectos parecida a la de los Aztecas. Se le dio la imagen a la muerte de un esqueleto con guadaña. Se le empezó a rendir culto a las ánimas del purgatorio, los Santos se unen a la jerarquía de dioses aztecas, Mictlán ahora se divide en dos: cielo e infierno, dándole asi también una nueva dimensión al día de muertos que era asociado por los aztecas a la cosecha del mes de Agosto y que duraban todo el mes, la muerte del fruto y su desprendimiento del árbol que le da vida.
El rito Católico que había evolucionado de las prácticas fúnebres egipcias, que conmemoraban a Osiris, dios de la vida, la muerte y el trigo, que había sido asesinado y resucitado por su hermana Isis fue de acuerdo al calendario Alejandrino el décimoseptimo día del mes de Athyr, nuestro noviembre, la temporada en que el Nilo baja sus aguas y las hojas caen, se pensaba que en esas fechas en las noches, los difuntos visitaban sus hogares y las personas los recibían con alimentos y antorchas para iluminar su camino. Los romanos asumen este concepto con Baco, dios de la vida y la renovación, y asi cuando el cristianismo remplaza a los dioses de Roma, se transforma los ritos de la antiguedad por: “El día de todos los Santos”. Es así como tiempo después la iglesia logra cambiarle a los aztecas sus celebraciones de Agosto por estas ya establecidas en el mes de Noviembre y podían entonces justificar sus rituales ante la imposibilidad de erradicárlos se ajustan y en este permiso el mexicano logra fusionar su creencia profunda con la nueva ideología impuesta y hacer una más íntima más suya.
Se le dio la imagen a la muerte de un esqueleto con guadaña. Se le empezó a rendir culto a las ánimas del purgatorio.
Después de la conquista española se estableció en México el día de Todos Santos y de los Fieles Difuntos, que se solemnizaban por disposición del Papa Gregorio IV.
Se establece el 1ro de noviembre para rezar por las almas de los niños muertos, el 2 de noviembre “el día de los fieles difuntos”, es el día para recordar a los difuntos adultos; el 31 de Octubre tiene su origen en ser la noche santificada “all hallow´s eve” de donde deriva el Halloween norteamericano y es el día en que las almas de los difuntos empiezan a divagar por el mundo de los vivos, los niños se disfrazaban para unirse a los espiritús traviesos y jugar con ellos, en México los niños juegan con los jueguetes del niño recién muerto para prolongar un poco más su existencia.
Antiguamente se confeccionaban unos "entierritos" con figuras humanas cuyas cabezas eran de garbanzos y el traje de papal negro, simulando al difunto y a los padres trinitarios, que eran quienes se encargaban de llevar los cadáveres de la gente humilde al camposanto. También se hacían tumbitas de tejamanil negras con adornos blancos y con candelabros de carrizo y una figura de barro representando al difunto.
Para el mexicano desde pequeño, la parca, la calaca, la huesuda, la dientona, la flaca, la calavera, etc., nos resulta muy familiar.
En resumen ¿en qué deriva el ritual de día de muertos?
En una mezcla de celebración por los difuntos, diversión para alegrarles la vista, de rezos para acompañarlos de regreso, pero sobretodo el día de muertos es: el reto al miedo de la muerte misma.
Los ritos básicos de esas fechas continúan pasándose de generación en generación, como una de las más grandes herencias de nuestra cultura:
Se recibe a los espiritús de los muertos en la casa.
Se les ofrece alimentos y bebidas y se comparte con ellos una noche de vigilia al lado de sus tumbas.
Existe un protocolo de visitas y despedidas.
En algunos pueblos el 27 de octubre se cuelgan jarras con agua y pan afuera de las casa para recibir a los muertos sin hogar.
El 28 de octubre se celebra a los muertos de muerte violenta.
El 31 de octubre los niños muertos vienen a visitar el hogar.
Las campanas de las iglesias tocan desde el 1ro de noviembre saludando a los fieles difuntos y su tañido despierte a las ánimas y puedan llegar a su hogar.
La familia debe dar una bienvenida formal al difunto más reciente y a través de él se saluda y celebra a los demás antepasados de la familia, cuyas fotos ya han sido colocadas en el altar, junto a sus bebidas, comidas y vicios favoritos.
El olor de velas y copal llenan las casas.
Se debe ir a dar el pésame a las familias que han perdido a algun familiar en el último año.
Los visitantes vivos se sientan con sus anfitriones y toman ponche caliente antes de seguir a otro velorio, porque se debe ir de casa en casa a dar el pésame.
Es así como de alguna manera nos queda está mágica fusión de los dos mundos, el ritual básico de dos culturas vertidos en un sólo día y en una sóla creencia que involucra la evolución del pensamiento y marca la necesidad profunda del ser humano de comprender uno de los fenómenos menos comprensibles: la muerte, lo único permanente de la existencia. Así como eres hoy, nunca volveras a ser, la muerte es lo único constante y por ello la necesidad de que el ritual prevalesca.
Octavio Paz