Aportaciones Académicas

UN ANALISIS INTEGRATIVO

DE LA TRANSFERENCIA / CONTRATRANSFERENCIA.

Díaz Becerra Juan Antonio.

Resumen.

Este artículo es un análisis teórico de los conceptos de transferencia / contratransferencia desde los marcos conceptuales psicoanalíticos, junguianos y humanistas, con la finalidad de reflexionar sobre la importancia de tales conceptos dentro de la psicoterapia.

Palabras clave: Transferencia, psicoanálisis, humanismo, psicoterapia.

Marco Teórico.

Como se sabe lo clave del psicoanálisis es el desarrollo de una teoría de lo inconsciente. La hipótesis subyacente a esta teoría es que hay procesos mentales que permanecen activos en la psique sin que el paciente tenga conciencia de ello, y sin embargo tienen determinando efectos en las vivencias y comportamientos de éste (p. e. los síntomas). Esto significa que tales pensamientos reprimidos no han tenido la posibilidad de ser elaborados e integrados a la psique por lo que quedan en la mente como una especie de "cuerpo extraño", siempre pugnando por expresarse concientemente (retorno de lo reprimido), ya sea a través de un síntoma, de un lapsus, de un sueño, etc.

Estos procesos han perdido la cualidad conciente al ser expresamente desatendidos por la persona (represión). Esta desatención parece motivada por el displacer o sufrimiento que algunos de estos pensamientos (p. e. de una experiencia traumática) han generado en la mente conciente del paciente al entrar en conflicto inconciliable con otros pensamientos (p. e. de tipo moral).

Así, en la teoría de lo inconsciente se sistematiza lo que el sentido común ha apreciado desde siempre: que detrás de la mayoría de las actitudes y comportamientos concientes de una persona podemos suponer intenciones, pensamientos, sentimientos, que están, en general, ocultos e inadvertidos para la persona misma y para los demás. Ello implica no centrarse en la realidad objetiva sino en la realidad subjetiva, interna, del sujeto.

De esta manera, en la psicoterapia con orientación psicoanalítica se pone el acento en el análisis del mundo interno del paciente. El análisis no busca la historia   verdadera, deja de lado el afán de la objetividad y se centra en la experiencia emocional del paciente, en la investigación   e interpretación de la transferencia.

De forma general, se puede inferir que el supuesto básico de la teoría de la transferencia   estipula que en las relaciones emocionalmente significativas que vivimos en el presente ("aquí y ahora")   los seres humanos tendemos a pensar, sentir o actuar de un modo en que nuestro  mundo interno, y aún más, nuestras experiencias infantiles claves,  tienden a colorear, influir, interferir o francamente dominar tales experiencias  del presente hasta el punto de confundir y hacernos distorsionar nuestro juicio   de la realidad actual, agravando o determinando conflictos en nuestras relaciones  con las personas con las que estamos teniendo tales vínculos actuales  de intimidad.

En sentido riguroso y clásico se puede referir que la transferencia solo debe ser considerada en la terapia, ya que el análisis ofrece un "setting", un encuadre rigurosamente estructurado donde el paciente pueda desplegarse con confianza, un lugar privado y extraordinario (fuera de  las categorías de la cotidianeidad ordinaria) donde no va a ser criticado, rechazado, burlado, explotado, manipulado, seducido. Donde sus fantasías transferenciales puedan ser verbalizadas y analizadas, ocasión única de poder conocer y comprender el mundo interno que ellas traen a la relación analítica.

Así, la teoría clásica psicoanalítica piensa que la transferencia es una reedición de relaciones infantiles tempranas las cuales distorsionan la percepción del presente (Freud, 1912). De ahí, que su valor sea la de mostrar las vicisitudes del desarrollo psicosexual y ofrecer una posibilidad nueva y diferente para "solucionar" conflictos infantiles.


En sus inicios Freud (1893) consideró que el objetivo de la terapia psicoanalítica era recordar y abreaccionar vivencias traumáticas reprimidas (luego agregó que fueran sexuales e infantiles), para reemplazar las reminiscencias por recuerdos. Recuerdos que pudieran desgastarse con el paso del tiempo y ser olvidados. Recordar se refiere al hacer consciente eventos del pasado con su concomitante afecto, llenando lagunas de la memoria producidas por la represión. Las reminiscencias eran las representantes distorsionadas de experiencias reprimidas.

Ese mismo sentido fue aceptado, inicialmente, por Jung (1985) quien estipula que los contenidos inconscientes aparecen siempre en primer lugar como proyectados sobre personas y circunstancias exteriores. Muchas de esas proyecciones se integran totalmente en el individuo merced al conocimiento de sus vinculaciones subjetivas, pero otras no se dejan integrar, sino que aun cuando se desprenden de sus objetos originarios, se transfieren al médico que realiza el tratamiento.

Posteriormente, agrega que ya que esta proyección se produce con su intensidad originaria, se efectúa una vinculación que corresponde enteramente a las relaciones infantiles primarias y muestra la tendencia a reproducir, con respecto al médico, todas las experiencias de la niñez, o sea, que la adaptación turbada por la neurosis se transfiere a ése con fuerza cada vez mayor.

Un punto importante que distinguió la postura de Freud y de Jung es que el segundo consideró que la gran importancia que se le da a la transferencia suele llevar al error de creerla absolutamente indispensable para la curación, por lo que muchos consideran que debe ser, por así decir, provocada. Agregando que particularmente él se sentía feliz cuando la transferencia trascurre sosegada o pasa prácticamente inadvertida. Entonces uno mismo está menos envuelto en el cubo y puede ocuparse de otros factores terapéuticos eficaces (Jung, 1985).

En 1913 Jung (1989) dice: "Una transferencia es siempre un obstáculo, nunca una ventaja. Se cura a pesar de la transferencia, no por causa de ella". Y fue aún más lejos cuando enfatizó: "Una transferencia es una enfermedad. Es anormal tener una transferencia. La gente normal nunca tiene transferencias. No necesitamos transferencia así como tampoco proyecciones. Y añadió categóricamente: "Transferencia o no transferencia, nada tiene que ver con la cura. Si no hay transferencia, mucho mejor, se puede conseguir el material que se desea a través de los sueños".

Posteriormente en la teoría psicoanalítica clásica, los recuerdos fueron puestos bajo sospecha, y pasaron a ser considerados siempre como recuerdos encubridores (Freud, 1899) que, al igual que el contenido manifiesto de un sueño, debían ser interpretados para descifrar deseos y defensas latentes y reevaluar su verdad material. Desde ese momento los hechos de la realidad externa perdieron su posibilidad de un registro objetivo y pasó a considerarlos como entremezclados con la realidad psíquica, la de los deseos y sus fantasías.

Sea como fuere, la transferencia es una vía que vincula el pasado con el presente, dando lugar a la interpretación genética. Así resulta que interpretar la transferencia brinda una visión histórica lineal del paciente.

En ese sentido, Anna Freud (citada por Menninger y Holzman, 1973) definió a la transferencia como todos los impulsos que experimenta el paciente en relación con el psicoanalista, que no son creación nueva de la situación analítica objetiva, sino que se origina en relaciones primitivas con los objetos y ahora simplemente se reviven por la influencia de la compulsión iterativas. Otra definición complementaria a la anterior es la otorgada por Menninger y Holzman (1973), para quienes la transferencia "son los papeles o identidades irrealistas que el paciente atribuye inconscientemente al psicoanalista en la regresión del tratamiento psicoanalítico, y las reacciones del paciente a las representaciones, que por lo general, derivan de experiencias anteriores".

Laplanche y Portalis (1996) definen la transferencia como el proceso en virtual del cual los deseos inconscientes se actualizan sobre ciertos objetos, dentro de un determinado tipo de relación establecida con ellos y, de un modo especial, dentro de la relación analítica. Se trata de una repetición de prototipos infantiles, vivida con un marcado sentimiento de actualidad. Casi siempre lo que los psicoanalistas denominan transferencia, sin otro calificativo, es la transferencia en la cura. La transferencia se reconoce clásicamente como el terreno en el que se desarrolla la problemática de una cura psicoanalítica, caracterizándose ésta por la instauración, modalidades, interpretación y resolución de la transferencia.

Dentro del marco del psicoanálisis o una terapia psicoanalíticamente orientada, los procesos inconscientes de vinculación son intencionalmente intensificados con el fin de descubrir los mecanismos infantiles subyacentes a la neurosis del paciente. A esta reproducción de la neurosis infantil en la relación con el analista de un modo artificial se le denomina neurosis transferencial.

Jung utilizó el concepto de neurosis de transferencia en un sentido diagnóstico para describir a aquellos pacientes, en contraste a los psicóticos, que sí podían transferir  (citado por Laplanche y Pontalis, 1996).

Por su parte, Racker (1990) refiere que se pueden considerar dos tipos de transferencia: la positiva y la negativa. La primera surge cuando el analizado siente ciertas gratificaciones por parte del analista y se dispone hacia él con una actitud de amor, distinta a la cooperación consciente producto de la alianza terapéutica. Por otra parte, la segunda se produce cuando el paciente revive en la transferencia conflictos que vivió en su infancia en la figura del terapeuta; normalmente, el terapeuta va a frustrar los intentos del paciente por actualizar los impulsos, de manera tal que éste active sus defensas, respondiendo con hostilidad y agresión.

La transferencia positiva es el móvil más importante para superar las resistencias, o sea, hacer consciente lo inconsciente. Cuando la transferencia se vuelve negativa o sexual, se convierte en una resistencia y su análisis y disolución adquieren una importancia esencial para poder continuar el trabajo. Mientras la transferencia resulta de este modo un gran peligro para el tratamiento, se constituye al mismo tiempo en su instrumento más importante, pues la vuelta de los procesos infantiles en la transferencia hace de ella el mejor medio para hacer recordar aquellas vivencias reprimidas (Racker, 1990).

Es importante señalar que esta división es enteramente didáctica pues en "puntualizaciones sobre el amor de transferencia", Freud (1915) describe cómo es que, por medio de una ilusión, las pacientes mujeres se enamoran de sus analistas varones. Toma cuidado para demostrarle al clínico lo ilegítimo de dicho amor y resalta la exclusividad del transferir amoroso en pacientes mujeres así como sus dificultades.  Parece éste un estudio sobre los peligros de la contratransferencia (aspecto que se ahonda posteriormente).

Ahora bien, en la actualidad la transferencia ya no se concibe enteramente como una reedición del pasado sino como una nueva experiencia relacional en donde la realidad psíquica ha seguido su desarrollo reformándose en relación con sus objetos actuales. La transferencia, esa proclividad de organizar nuestra experiencia relacional actual según nuestras experiencias afectivas pasadas, no pertenece sólo al pasado sino también al presente (Gill, 1982). La transferencia se lleva a cabo en una relación interpersonal subjetiva integrada por paciente y analista. La relación terapéutica abarca tanto lo real como lo fantaseado que acontece entre ambos, analista y analizando en donde se incluye la sugestión o influjo del analista sobre su paciente, como factor inespecífico del tratamiento, y la sugestionabilidad del analizando, en donde florece la transferencia.

Incluso, Jung (1989) finalmente en 1946, retornó a la inevitable importancia de la transferencia en el tratamiento analítico:

"No es exagerado afirmar que la mayoría de los casos que requieren un tratamiento prolongado gravitan en torno a la transferencia, y parece, al menos, que el éxito o fracaso del tratamiento tiene una íntima relación con ella. La psicología, por lo tanto, no puede pasar por alto o eludir este fenómeno, y tampoco debe presumirse en la terapéutica que la llamada disolución de la transferencia sea un hecho claro, sencillo y evidente".

Y declaró también que: "cabe comparar la transferencia con aquellos medicamentes que en unos actúan como remedio y en otros como un verdadero veneno … un fenómeno delicado que adopta innumerables matices, y cuya presencia resulta tan significativa como su ausencia" (Jung 1989).

Se puede presumir que Jung llego a tal "conclusión" al darse cuenta de la relación tan importante que hay entre la alquimia y la psicología, así en ala relación terapéutica paciente y médico se funden, lo cual se refleja cuando afirma que a causa de que el paciente traslada al médico un contenido activante de lo inconsciente, la influencia inductiva –que siempre dimana en mayor o menor medida de proyecciones- fija también en este último el correspondiente material inconsciente. En consecuencia, médico y paciente se encuentran en una relación fundada en un estado inconsciente común (Jung, 1989).

Sea como fuere, así, se considera que en la transferencia no sólo se debe considerar la aparición de emociones y pensamientos del paciente en relación directa al terapeuta, sino todo aquello que surge en la relación entre ambos, en la llamada transferencia de situaciones totales. De este modo, también debe considerarse en el análisis de transferencia el modo en el cual el paciente trata de comunicarse con el terapeuta, el modo en el cual intenta aplicar sus sistemas defensivos al terapeuta y su concepción de mundo, de la forma en la cual la percibe el terapeuta a través de la contratransferencia.

La contratransferencia sería el conjunto de actitudes, sentimientos y pensamientos que experimenta el terapeuta en relación con el paciente (Florenzano, 1984). Al igual que el concepto de la transferencia, la contratransferencia ha poseído distintas implicaciones: desde una connotación negativa que obligaba a considerarla un proceso a dominar por completo (Freud, 1915) hasta la actual valoración de este proceso como una importante herramienta terapéutica necesaria para comprender los procesos transferenciales del paciente. La contratransferencia da cuenta de un hecho generalmente olvidado en otro tipo de terapias: tanto el paciente como el terapeuta se encuentran dentro de una relación que es interactiva, por lo que el paciente se verá influido por el terapeuta, tanto como éste por el paciente (Menninger y Holzman, 1973).

Al igual que la transferencia positiva, la contratransferencia positiva le ofrece al terapeuta la energía necesaria para comprender el inconsciente del paciente. La contratransferencia negativa, por su parte, interferiría en la motivación y en la "objetividad" del terapeuta para realizar sus intervenciones y sería resultado de la adopción de objetos negativos del paciente, aunque también podría ser consecuencia de una falsa comprensión debida la desintegración de los propios objetos del analista. Así, Racker (1990) distingue dos tipos de contratransferencia: la resultante de la identificación concordante, o sea, con el yo y el ello del paciente y la complementaria que resulta cuando el terapeuta se identifica con objetos internos del paciente. En este último caso se esta frente a la neurosis contratransferencial, la cual es producto de la neurosis del propio analista, que en la situación analítica revive sus conflictos estableciendo una transferencia negativa con el paciente.

Para evitar los efectos perjudiciales de la contratransferencia, el analista debe tener una actitud activa, que le permita sublimar su contratransferencia y mantenerla positiva, o sea, debe mantener una actitud de amor hacia el paciente, a pesar de las agresiones que éste le infiera. Esto responde a un principio fundamental "sólo Eros origina Eros"; vale decir, sólo el amor que entregue el analista será capaz de producir amor en su paciente, de modo tal de transformar las resistencias de éste en la transferencia positiva sublimada que permite el trabajo terapéutico.

De lo anteriormente expuesto, se deduce que el terapeuta no puede actuar los papeles que espera el paciente que asuma, situación de gran importancia cuando los pacientes tienden a ser manipuladores y difícil de controlar como cuando tienen personalidad limítrofe. Sin embargo, puede hacerlo cuando las interpretaciones no surjan efecto, y luego de esta actuación se analiza lo sucedido, convirtiéndose la actuación en un medio consciente para lograr una interpretación.

Menninger y Holzman (1973) mencionan algunos indicadores de contratransferencia que podrían interferir con la terapia:

Por su parte, Jacoby (1992) especifica que:

Jung tenía conciencia del problema de transferencia - contratransferencia y esa fue una de las principales razones por las que exigió que el analista se analizara profundamente. En la actualidad, este requisito es obligatorio en casi todas las escuelas de psicología profunda. Teóricamente, el análisis de entrenamiento reduce el peligro de que el analista proyecte aspectos disparatados sobre el paciente, queda claro que ningún análisis de entrenamiento, por completo que sea, puede evitar totalmente que surjan estas proyecciones. Mientras haya vida, habrá puntos ciegos y áreas de inconsciencia; de ahí que se da la contratransferencia, sé que si los problemas de mis pacientes me inquietan de forma autónoma (…) entonces estoy atrapado en algo que debo trabajar analíticamente en mí.

En resumen, se puede decir que la transferencia – contratransferencia le ayuda al psicoanalista a ser un incansable explorador de la existencia de su paciente, de sus motivaciones, de sus circunstancias, de su discurso interior tanto afectivo como ideacional con sus contradicciones e ideales, tanto del pasado como del presente, pero aún así, la reconstrucción histórica individual debería ser más un "accidente buscado" que una "intención preconcebida".  

La terapia psicoanalítica se inclina a que el paciente indague en situaciones traumáticas infantiles con el fin de recuperar recuerdos reprimidos que le generan una fuente de conflicto. El insight se produce cuando llegan los conflictos inconscientes a la conciencia y ahí se logra la posibilidad de que salgan a la luz en la situación actual de la persona y a través de eso superarlos.

Durante la terapia el paciente transfiere imágenes al terapeuta, pudiendo ser en algún momento una imagen interna de madre o padre, demostrando hacia este (el terapeuta) los afectos que tiene o tuvo hacia estas personas. Ante esto el paciente debe interpretar lo que el paciente asocia libremente, es decir aquellas situaciones que causan conflicto y que están ocultos en el paciente, pero a la vez, sin olvidar los elementos reales de la relación que se establece entre el terapeuta y el paciente.

En ese mismo, sentido se puede afirmar que: "la psicoterapia junguiana consiste de dos personas que se reúnen para tratar de comprender lo que está ocurriendo en el inconsciente de una de ellas … Tarde o temprano será también importante considerar lo que está ocurriendo entre las dos personas que están involucradas en este proceso. La llamada relación analítica que se da entre las dos partes es absolutamente necesaria para que exista un proceso terapéutico. (Jacoby, 1992)

Por otra parte, unir estos conceptos con los propuestos por Rogers parecería tratar de fundir "el agua con el aceite", pero sin embargo, la posibilidad de construir un "puente conceptual" puede servir de enriquecimiento para el psicólogo clínico.

La siguiente hipótesis es el eje de toda la concepción psicológica de Rogers (1972, 1978): "el individuo tiene la capacidad suficiente para manejar en forma constructiva todos los aspectos de su vida que potencialmente pueden ser reconocidos en la conciencia".

Dicha hipótesis es el planteamiento esencial de su enfoque, y, a su vez, lo que genera mayores polémicas.

El hombre, dice Rogers, es positivo por naturaleza, y por ello requiere respeto absoluto, especialmente en cuanto a sus aspiraciones de superación (citado por Di Caprio, 1976). De ello se desprende que está contraindicado para el psicoterapeuta realizar todo tipo de conducción o dirección sobre el individuo; todo tipo de diagnóstico o interpretación, porque ello constituiría un atentado contra las posibilidades del sujeto y contra su tendencia a la actualización. Se exige, o mejor dicho, se recomienda, situarse en el punto de vista del cliente, asumir su campo perceptual y trabajar en base a ello como una especie de alter ego. Incluso la palabra "cliente" es asumida de una manera especial: el cliente es aquella persona que responsablemente busca un servicio y participa del proceso terapéutico de la misma manera; aquella, conciente de su capacidad de desarrollo no utilizada, que no va "en busca de ayuda" sino que trata de ayudarse a sí misma.

Se descartan del lenguaje rogeriano los términos paciente, enfermo, curación, diagnóstico, transferencia, etc., porque connotan dependencia, limitación y falta de respeto por la persona.

Así, un énfasis sobre el concepto de transferencia puede minar la terapia ya que esto niega la realidad de la relación. La transferencia es la distorsión de encuentro. El terapeuta puede ocultarse detrás de ello para protegerse de la ansiedad o el encuentro directo.

En cambio, la actitud frente a la dignidad del paciente, la aceptación incondicional y el respeto que se le tiene cobran una importancia tal que se les consideran factores que favorecen u obstaculizan (de faltar) la adquisición del enfoque centrado en el cliente. Aceptación y respecto deben estar enraizados en la personalidad del terapeuta, formar parte esencial de su ser, y ello pasa, antes que nada, por aceptarse a sí mismos.

En síntesis, la hipótesis central propone que el ser humano puede, si se le presentan las condiciones adecuadas, desarrollarse o actualizarse, ampliar sus capacidades y ser conciente de lo que experimenta a fin de poder auto controlarse. "No se puede manejar eficazmente lo que no se percibe concientemente", propone Rogers (1972). De allí la necesidad de ampliar el concepto de sí mismo del cliente, su self, y de incluir en él todo (o casi todo) lo que vivencia. Pero no se pretende hacerlo actuando sobre él sino, como dice Rogers y Kinget (1971), "acompañándolo" en la experiencia, brindándole las condiciones requeridas y dándole seguridad.

Un terapeuta no versado en el enfoque rogeriano podría argüir que no se ha dicho nada nuevo hasta el momento, dado que todos los enfoques buscan en mayor o menor medida favorecer la capacidad de crecimiento, y que todo psicoterapeuta que amerite tal título debe comenzar por aceptar y tratar de comprender a sus pacientes. Sin embargo, no se trata sólo de tener piadosamente en cuenta dichos aspectos, haciendo gala de humanitarismo o de haber tenido un buen entrenamiento. Dichos aspectos SON la base del enfoque y constituyen, actitudes plenamente asimiladas de las que se van a desprender las técnicas.

Parafraseando a Naranjo (1991) la psicoterapia centrada en el cliente no está conformada básicamente por técnicas sino, esencialmente, por actitudes del terapeuta, las mismas que pueden ser instrumentalizadas de diversa manera.

Se consideran así dos factores: 1) La actitud que tiene el terapeuta, su filosofía operacional básica frente a la dignidad y la significación del individuo (hipótesis básica), y 2) Su instrumentalización a través de métodos adecuados.

Las actitudes del terapeuta deben ser trasmitidas de manera indirecta, impregnadas en las comunicaciones pero no formuladas abiertamente en ninguna de ellas. A veces esto no es comprendido planamente y por esta razón algunos asumen que la actitud centrada en el cliente consiste en ser pasivos e indiferentes, en "no entrometerse". Pero ello es incorrecto y, más aún, es nocivo, porque la pasividad de hecho es asumida como rechazo; además, suele terminar por aburrir al sujeto al ver que no recibe nada.

El enfoque plantea más bien que el terapeuta debe ayudar a clarificar las emociones del cliente, ser un facilitador en el proceso de hacerlas concientes, y por ello manejables y no patológicas. Pero no asumiendo un rol de omnisapiente y todopoderoso, que lleva al cliente de la mano diciéndole "Yo te acepto" y devolviéndole "masticadito" el material que éste le proporciona.

Si hay respeto sincero y absoluto, procurará más bien que sea el cliente quien dirija el proceso. En este caso las intervenciones del terapeuta se plantearán como posibilidades, casi como ecos del material expuesto, y no como juicios de valor, afirmaciones o interpretaciones.

Las características personales que Rogers (1972) considera necesarias en todo buen terapeuta que intente instrumentalizar su enfoque son las siguientes: a) Capacidad empática; b) Autenticidad; c) Aprecio positivo o incondicional.

Es la capacidad de ponerse verdaderamente en el lugar de otro, de ver, sentir,... como él lo ve y siente. Si esta capacidad es útil a todo terapeuta, es indispensable para el rogeriano. Según estos, el rol del terapeuta consiste en reflejar la significación personal de las palabras del cliente, en vez de responder a su contenido intelectual, debe saber hacer abstracción de sus propios valores, sentimientos y que se abstenga de aplicar criterios objetivos, racionales.

En una sensibilidad alterocéntrica, como es la empatía depende de la personalidad del terapeuta, porque la empatía no es algo que se puede adoptar a voluntad según el momento, igual que no nos podemos mostrar más inteligentes. Por lo tanto, la empatía es un atributo que no se da así por así, sino que se adquiere con cierta reorganización del sistema de necesidades, intereses y valores de la persona. La empatía, permite establecer relaciones interpersonales profundamente significativas y, por lo tanto, terapéuticas.

Estar con otra persona de esta manera significa que, de momento, se dejan a un lado los propios valores y punto de vista, en orden a entrar en el mundo del otro sin prejuicios. Hasta cierto punto quiere decir que se dejan a un lado el propio yo, esto solamente puede hacerlo una persona que está suficientemente segura de sí misma, y que sabe que no se va a perder en el posiblemente extraño mundo de la otra persona, sino que puede regresar al suyo cuando lo desee (Rogers, 1982).

Pero es aquí, donde se deben recordar las palabras de Nietzsche (citado por Bustos, 1980): "No es deseable, ni en última instancia posible, desprendernos del cristal observador con todos sus efectos y valores, debemos instalarnos en él y comprenderlo. Es tan castrante mutilar el intelecto como mutilar el afecto".

Por lo tanto es en el concepto de empatía, donde se puede iniciar la construcción de ese "puente conceptual". En un inicio se puede suponer que la empatía nace solo con la identificación. La identificación, nace de la más temprana ligazón afectiva con otro. La transferencia de sentimientos, como ligazón afectiva, como lazo libidinal, estaría en relación con la identificación. La posibilidad de transferir sentimientos, con la sugestionabilidad. La sugestionabilidad, con la posibilidad de "crear lazos". La sugestión, con el influjo sobre un ser humano por medio de los fenómenos transferenciales posibles en el (Menninger et al, 1973).

En cuanto a la transferencia, los rogerianos la evitan mencionar, pero no la niegan, considerando que apenas se da en terapias centradas en el cliente, cuando en realidad no se dan cuenta que es un proceso esencial para poder empatizar con el cliente, pues es imposible "eliminar" o "minimizar" o "dividir", la totalidad que somos.

Y es que, si se habla de empatía, no podemos dejar de lado el mecanismo por el que identifican los aspectos que ven en el otro y que son conocidos al terapeuta. Porque la identificación es un mecanismo psíquico de comunicación mediante el que se puede reconocer en el otro cosas conocidas por mí. Pero si estas cosas no se reconocen, porque no se ha tenido la oportunidad ni la ocasión de percibirlas, no se oyen, ni se ven, ni se escuchan. Y así, de la misma forma que cuando se acude a un país extranjero se trata de identificar las cosas que son conocidas y que de alguna forma permiten reorientarse en aquella cultura, el ser humano y en concreto el profesional, debe poder identificar aquellos aspectos del otro que le son conocidos. Esa identificación no deja de ser parte de un proceso por el que se va conociendo el territorio del otro y por el que se permite encontrar las similitudes y las diferencias entre mi mundo y el del otro u otros. Recuérdese cómo en líneas anteriores se ha señalado la necesidad de conocerse lo suficiente a uno mismo como para poder discriminar lo que pertenece al paciente de lo que pertenece al terapeuta.


Junto a este mecanismo que posee también un carácter defensivo en tanto que sólo se ve lo que me resulta evidente, pero que posibilita poder ir haciendo propias cosas que en principio son extrañas, ajenas, aparece otro que conlleva el atribuir a otros aspectos, afectos o sentimientos míos. Se denomina proyección. Es como el "dar por sentadas" determinadas reacciones, o el atribuir elementos que en realidad, más tienen que ver con nosotros mismos que con el otro (Laplanche y Portalis, 1996). Esta atribución de cosas de uno al otro tiene, más allá de lo defensivo, un elemento que puede ser útil si se esta al tanto: el de poder procesar qué elementos me pertenecen y cuáles le pertenecen al otro. Este aspecto que posibilita un reconocimiento mayor de la individualidad de cada uno, conlleva el mecanismo de la diferenciación. Ese poder decir "yo soy yo y él es él", o "eso es mío y eso es suyo"; supone también poder ir diferenciando los elementos identificados, los elementos proyectados y el cómo unos y otros se articulan entre sí. Y esta comprensión del porqué aparece tal o cual elemento, porqué ese elemento toma tal o cual forma, todo ello forma parte de la actividad orientadora y diferenciadora.

También hay que considerar que el fenómeno de la "transferencia" va ligado a la necesidad de amor insatisfecha, como una manera de buscar su satisfacción. La transferencia no es un fenómeno únicamente consciente sino que depende tanto de representaciones conscientes como de las inconscientes. La misma es un proceso de adjudicación de roles inscriptos en el mundo interno de cada sujeto. Además debe ser entendida como la manifestación de sentimientos inconscientes que apuntan a la rerpoducci+on de situaciones.

Conclusiones.

La presente investigación corroboró la importancia del manejo transferencial en la psicoterapia. Las proyecciones están siempre presentes y son parte de nuestra vida diaria. Lo que aporta el trabajo en el consultorio, estará orientado en beneficio del proceso individual del paciente.

En el proceso curativo, se necesita preparar el terreno para que emerjan sentimientos, que finalmente es el objetivo a trabajar. Y se requiere de la observación, recolección, reconexión y finalmente la devolución de los mismos a la psique del paciente.

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